jueves, 23 de febrero de 2012

Acrobacias Glíglicas




-Así -dijo la Maga, y otra vez se retorcieron hasta que Oliveira se dobló en dos apretándose la barriga, y la Maga vio su cara contra la suya, los ojos que la miraban brillando entre lágrimas. Se besaron al revés, ella hacia arriba y él con el pelo colgando como un fleco, se besaron mordiéndose un poco porque sus bocas no se reconocían, estaban besando bocas diferentes, buscándose con las manos en un enredo infernal de pelo colgando y el mate que se había volcado al borde de la mesa y chorreaba en la falda de la Maga.



-Decime cómo hace el amor Ossip -murmuró Oliveira, apretando los labios contra los de la Maga-. Pronto que se me sube la sangre a la cabeza, no puedo seguir así, es espantoso.
-Lo hace muy bien -dijo la Maga mordiéndose el labio-. Muchísimo mejor que vos y más seguido.
-¿Pero te retila la murta? No me vayas a mentir. ¿Te la retila de veras?
-Muchísimo. Por todas partes, a veces demasiado. Es una sensación maravillosa.
-¿Y te hace poner con los plíneos entre las argustas?
-Sí, y después nos entreturnamos los porcios hasta que él dice basta basta, y yo tampoco puedo más, hay que apurarse comprendés. Pero eso vos no lo podés comprender, siempre te quedás en la gunfia más chica.

Julio Cortázar, Rayuela, capítulo 20


Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

Julio Cortázar, Rayuela, capítulo 68

Solía pensar que mantener una vida sexual similar a la del pasado era el colmo del radicalismo. Pero continuar con el pasado, aunque sea como desafío, es muy diferente a avanzar: Ahora pienso ¿por qué no aprovechar los cambios de la edad para agudizar nuestros sentidos y nuestra sensualidad?
Cuando celebraba los placeres pasados me preguntaba:¿confundo a veces el sexo con el aerobic?
                                                     Gloria Steinem

 
Las fotografías pertenecen a sus autores y las he encontrado aquí, aquí y aquí

6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Y las acrobacias lingüísticas ¿qué? El glíglico también tiene su aquél :-)

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  2. Qué preciosa entrada... A quienes sufren o creen que el sexo es solo sexo, hay que reocrdarles cuidadosamente que el buen sexo nada tiene que ver con las acrobacias.
    Vamos, que para echar un polvo glorioso no hace falta tanto, un par de ojos como dios manda y un... bueno, ya os lo cuento otro día.

    Me ha gustado. Mucho.

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    1. De hecho, yo siempre he preferido los cronopios a las famas, son menos vanidosos

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  3. Preciosa novela "Rayuela"
    Tuve que leerla cuando estudiaba Magisterio para una asignatura de literatura Iberoamericana. Me encantó cuando la leí y especialmente este capítulo. De esto hace ya unos cuantos años, pero veo que sigue estando vigente.

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    1. También recuerdo muy bien el momento en que leí "Rayuela" por primera vez. Estudiaba COU y la leí por recomendación de un amigo y compañero de clase. La tenía tan reciente y estaba tan fascinada con su lectura en esos días que, el 12 de febrero del 84, cuando cumplía mi mayoría de edad, quedé profundamente impactada con la noticia de la muerte de Julio Cortázar. Desde entonces no he dejado de releerla así, como sugería el autor, a ratos, a saltos, a retazos.

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