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domingo, 9 de diciembre de 2012

HOMBRES MALOS Y MUJERES DEPENDIENTES

La primera vez volvió al cabo de 5 días. Se sentía extraña y fuera de lugar. Su bebé de 2 años la miraba con esos ojos enormes de pobladas pestañas y ella pensaba, sentía, que le estaba arrebatando la normalidad... Ay, la normalidad de los gritos, de las peleas absurdas y las discusiones sin fin. Total, no había sido más que un puñetazo. Y no tenía dónde caerse muerta: la familia no quería ver, porque ya la conocían desde pequeña, y siempre fue difícil de satisfacer, una joven exigente y poco conformista; los amigos... hay cosas que no se pueden contar a cualquiera. Así que volvió a casa.

Hoy, más de 10 años después, y con otro hijo más en el equipaje, Sara ha encontrado el valor para denunciar lo que le ha estado ocurriendo en casa. Es increíble, pero ahora sé que ocurre en muchas más casas de las que creemos. Nunca habría pensado que cerca de mí, en mi entorno de personas con carreras y doctorados, con trabajo y casa, con planes, con ideologías, fuera posible que alguien diera un puñetazo a otro alguien. Y mucho menos, que alguien lo encajase, lo ocultase, lo disimulase, lo aguantase, lo considerase inevitable o perdonable o asumible en el día a día de su personal infierno. 

Durante todos estos años yo no he sabido nada, Sara no me lo ha contado, y su pareja ha sido compañero de cervezas y cenas mientras esto estaba ocurriendo a nuestras espaldas. Pero en el momento en que ella ha decidido salir de esa minuciosamente tejida red de inseguridades y miedos y me ha llamado, yo no he tenido dudas de cuál era mi papel y mi lugar: escuchar, apoyar, y tratar de no juzgar más allá de lo evidente. PORQUE SARA ES MI AMIGA.


Hasta aquí, parece horrible, y se me encoje el estómago al pensarlo. Pero el infierno de Sara no acaba aquí. Ahora se enfrenta al alineamiento de sus “amigos y amigas”, los padres y madres de los amigos de sus hijos, las parejas compañeras de la salida del cole, o de la natación, o del grupo de montaña... Se enfrenta a la incredulidad, el aislamiento, la manipulación de su ex-pareja, que sigue tejiendo a su alrededor pequeñas trampas para la autoestima, de la misma manera en que ha sabido hacerlo durante los 20 años anteriores. Y usa, como sabe hacer, el hecho de que nadie quiere que sea verdad, nadie quiere tener una amiga profesional, cultivada y progresista que ha sufrido en silencio el maltrato psicológico y físico de una pareja profesional, cultivada y progresista. Nadie quiere saber que alguien cercano ha sido agredido, abofeteado, golpeado y que, además, lo ha aguantado durante años y años. Porque eso amenaza nuestra seguridad; porque la inverosimilitud de lo que hemos conocido ahora nos lleva a pensar que tal vez nuestro vecino, nuestro cuñado, nuestro jefe, pega impunemente a su mujer, y su mujer lo aguanta impunemente.

Nadie quiere vivir en un mundo como este, en el que los maltratadores no llevan un cartel prendido de su parka por imperativo judicial que rece: "NO TE ARRIMES A MI QUE TE HOSTIO".

Porque sabemos que existen, pero no tenemos ni idea de lo cerca que están.

Y porque, tal vez, están en nuestra casa, y duermen en nuestra misma cama.

Pero no podemos mirar a otro lado si no queremos ser Sara.

viernes, 23 de noviembre de 2012

ANESTESIA

(La vida tiene esta puta manía de seguir adelante, tic-tac, tic-tac, tic-tac, hasta el día de tu muerte)

Anestesia es el alcohol. Anestesia es una cervecita, unas olivas y unas patatas fritas.

Anestesia es la caricia de un hijo, su sonrisa, sus notas, su enfermedad, su llanto...

Anestesia es, simplemente, saltar a otro momento o lugar, a otro dolor más cercano o más obvio. Anestesia es no mirar hacia adentro.

Préstame una linterna para alumbrar mis sueños.
Sujétame del brazo si ves que estoy cayendo...
... aunque puede que salga volando y me pierda en las manos del viento.

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He cambiado mi avatar de Twitter. Después de un largo recorrido, llego al momento en el que me disuelvo. Ya no soy yo, exactamente... soy, más bien, ellos. Pero esa visión solo se alcanza con perspectiva. Desde cerca, sin suficiente ángulo o distancia, todo sigue igual, nada ha cambiado en la esencia. Pero no es cierto. "Desde tan lejos, se pierden los detalles", podría argüir alguien. Y tal vez tenga razón. Sin embargo, lo que queda, en el presente, en el momento de recordar y de vivir, es esa visión, y con ella has de vivir en tanto no cambie, en tanto el futuro no venga a rescatarte y te permitas reaparecer en la escena de tu propia vida.

A veces leo Twitter, o escucho a otras personas, incluso hablo de cualquier tema que encienda a la concurrencia... para no mirarme a mí, o para no escucharme. Con recado de escribir siempre a cuestas, me veo diletante, perezosa, desganada... pero claro, si escribo tengo que buscar en mis tripas las letras. Las voces y las palabras ajenas a veces me arañan la piel, a veces me magullan el ego o el orgullo. Pero el daño de verdad... lo hacen las propias letras, mis letras cuando tratan de trepar por el esófago, clavando sus esquinas durante la escalada, rompiéndome los dientes al salir, finalmente por la boca...

Duele menos si consigo que, más tranquilas, se dejen absorber en la mucosa gástrica, redondeados su vértices por los ácidos jugos, y se incorporen al torrente sanguíneo en prudentes dosis. Se reparten, y por los vasos capilares de mi boli una fracción pequeña y ya cansada deja en negro sobre blanco algunas consideraciones menores. El resto se irá quedando en la cabeza, o tensando paquetes musculares de la zona lumbar o cervical, de la cara (el entrecejo y las comisuras de la boca, normalmente), hasta que llegue una nueva tormenta de palabras tristes o enfadadas que tragarse.

Anestesia de tinta y papel.

jueves, 8 de noviembre de 2012

La muerte, como el amor...

La muerte, como el amor, es imprevisible, e inevitable. Ambos son sucesos seguros; integrando a lo largo de nuestra vida, ocurren con probabilidad 1, aunque a veces parezca que no van a ocurrir nunca...

El amor, como la muerte, se puede buscar, construir de a poquitos. Algunas clases de amor y algunas clases de muerte están, ciertamente, en nuestras manos. 

La muerte, como el amor, inspiran ríos de tinta roja y negra; y son, sin embargo, tan contradictorios... No puedes morir de amor, ya lo ha explicado Lola muchas veces, porque eso no es amor sino, justamente, su ausencia. No puedes amar la muerte, porque no te quedaría vida para amarla. Una vez más, sería un amor mal entendido. El amor empieza al empezar la vida, o incluso antes, y si hay suerte, se mantiene de una forma u otra en todos los rincones y espacios abiertos de una misma. Y la muerte está, exactamente, al final de la vida. 

A veces tiene que venir la muerte a recordarnos que hubo, o que hay, o que queremos amor en nuestra vida. A veces, viene el amor a consolarnos, o a recordarnos que aunque viniera la muerte, hemos vivido. A veces, el amor permanece más allá de la muerte, convertido en recuerdo. A veces, gracias a la muerte, el amor puede hacerse fuerte y rellenar todos los huecos de una ausencia. Y a veces, el amor muere.

El amor, como la muerte, es una catástrofe diaria, con la que crecemos para seguir amando y terminar muriendo.


sábado, 21 de abril de 2012

Desnúdate

Imagen de Mark Lorch


"Desnúdate...", te oigo pensar, y me pregunto qué me estás pidiendo, intento leerlo en tus ojos brillantes. Tengo casi 50 años, y no especialmente bien cuidados. Y aunque estamos en penumbra, no creo que lo que quieras (ni lo que esperas) sea contemplar un cuerpo joven y hermoso, aunque es posible que tu mirada lo transforme, y aún así… Tal vez soy yo quien quiere quedar desnuda, darte acceso a mi piel en toda su extensión, para que la descifres con todos los sentidos, como envase que contiene aquello que has escuchado de mis labios, o leído de mis dedos… todo lo que has imaginado, lo que intuyes que soy pero no has visto, tocado, olido, saboreado aún, está detrás de esas palabras: "Desnúdate para mí", quiero que digas, que me quieras entera, que no quede fuera un pelo, un gesto, una arruga, una idea.

Hace un rato estábamos apoyados en la barra de un bar, impersonal y decadente, con remaches de cuero y terciopelo, madera pulida, taburetes altos. Bebíamos. Nos mirábamos. Hablábamos. De nuestras cosas. De recuerdos y de proyectos. Pero era una conversación trámite para otra, más completa, multimedia si quieres. Acabó el capítulo primero. En este punto de la conversación, todo el conocimiento mutuo de dos adultos que se han explorado antes a través de las palabras desaparece, y de nuevo se convierten en ignorantes recíprocos, en aprendices ávidos del otro; todo es lento porque ya sabemos como acaba este extenso capítulo segundo, el capítulo del tacto externo y tembloroso, a través de la yema de los dedos o el dorso de una mano; del tacto interno e inquietante de la mirada hasta el fondo de los ojos; del tacto fresco y húmedo cuando los labios se miden, se estudian, hacen sus cálculos para zambullirse de lleno en el tercer capítulo: el del sabor. Las lenguas se presentan y juegan escondidas en la boca única, doble y expectante, que de pronto se convierte en el nuevo espacio de encuentro de intrépidas papilas, que se entrenan a fondo para seguir camino por otros rincones y paisajes epidérmicos.

El capítulo cuarto y siguientes son variables… en número, duración, incertidumbre y tono. Pero, en algún momento el ritmo narrativo exige que nos transformemos, surgiendo desde detrás de nuestra barricada de diario, sin nada más encima que nuestra propia física, nuestra química, nuestra biología, y nuestra historia; mostrándonos como objetos directos moldeados por la gravedad, la oxidación y el deseo, y también como objetos indirectos de otros amores, de nuestro amor hacia nosotros mismos a lo largo del tiempo… ese momento en que nos entregamos a la observación a cielo descubierto, sin una sola protección a la que agarrarse más que la mirada avariciosa y emocionada del otro, y nuestro olvido y abandono del capullo del que emergemos mariposas amadas... ese momento es una puerta abierta de par en par a la vida.

"Desnúdate", he querido entender que susurrabas en mi oído, mientras me abrazabas. "Desnúdate",  te he querido decir, y no ha hecho falta. Y nos hemos quedado completamente desnudos.

FIN

Epílogo: afortunadamente, existen esos momentos catastróficos, donde únicamente hay amor entre dos seres desnudos en cuerpo y alma, sin nada que ocultar, nada que perder, nada que temer… por unos momentos.

lunes, 12 de marzo de 2012

Sobre el tiempo, el miedo y el amor, para variar

Llevo unos... ¿años?... dándole vueltas a esto de ser mujer, ser feliz, ser madre, ser profesional, ser compañera... Cuántos papeles tenemos en la vida, cuántas facetas diferentes... Tal vez la progenie ha crecido suficiente, te necesita pero de esa otra forma menos presencial y más consultiva "estáte ahí para cuando yo crea que te necesito", que permite el desarrollo autónomo... y, por fin ha llegado ese momento (¿descrito en la bibliografía?) en el que puedes levantar la vista hacia el mundo exteriro, porque tienes sitio en el cerebro y fuerza en el corazón (entiéndase la metáfora, que una sigue siendo de ciencias) para mirar hacia atrás y hacia delante, obtener una visión panorámica de lo que ha sido tu vida, y atreverte a desear lo que quieres que sea en el futuro...

Ayer vi esta película, Never again (2001), una historia intensa y reveladora sobre la edad madura, el amor, las expectativas y la felicidad. Pero para mí ha sido, sobre todo, una radiografía del tiempo y del miedo.


Los protagonistas de la película tienen 54 años, su motto es "Nunca más me enamoraré",  y su visión de sus propias vidas es que seguirán como han estado los últimos 20, tratando al otro sexo como accidental compañero de revolcones que, total, para el tiempo que me queda... De alguna forma reconocí ese sentimiento, el vértigo de la cuesta abajo (un sentimiento recién estrenado para mí) que hace ver el tiempo comprimido, como las trayectorias en el GPS, que se encogen convenientemente para que siempre quepan en una sola pantalla tu posición y tu destino. Y sin embargo, veía a estas personas conectar, revivir, disfrutar de cada día, días de 24 horas, como siempre, días de los de toda la vida... y nosotras, soberbias, nos permitimos pensar que lo que vale es lo que hemos hecho hasta ahora, y que lo por venir no tiene tanto que ofrecernos... Si cada día es igual al anterior, y copia idéntica del de antes... claro que pierden los días su valor, pero no podemos permitirnos ese lujo, no podemos dejar que se nos escapen días y más días entre los dedos sin vivirlos con pasión, con amor, con fruición... sin prudencia, por favor, que no hay tanto que perder más que la propia vida si no la vivimos, pero también con serenidad, que no todo lo que nos da la edad es pernicioso o va contra nuestra propia felicidad: serenidad para saber disfrutar de cada momento, que ya sabemos que es único e irrepetible... Así que el tiempo se estira y se encoge, pero tenemos las mismas 24 horas al día para ser protagonistas y guionistas y directores de nuestra propia vida, aunque los escenarios no estén todos en nuestras manos. Y si sé eso, ¿qué excusa tengo para seguir desperdiciando lo único que de verdad es mío: mi capacidad de vivir mi vida?

¿Y el miedo? Ah, el miedo es el que nos arrebata nuestra vida, nos pone en manos de hipotéticos sucesos que nos secuestran de vivir lo que tenemos. El miedo de amar, o de ser unilateralmente desamada, el miedo a la ira de quienes no nos comprenden, el miedo a decepcionar y a decepcionarse, el miedo a depender que es el miedo a no pertenecerse - ¿y quién podría quitarnos las riendas de nuestra vida? Nadie, si no las hemos soltado antes, o incluso entregado, sin el mínimo amor por nosotras mismas... 

El miedo a vivir es un miedo al pasado, a no saber crecer de lo que nos dolió, a no haber aprendido de lo que supimos en su día, y un miedo al futuro, a no saber hacer y deshacer nuestros amores, nuestros errores, nuestros sueños. El miedo nos deja llevar la cuenta de los días sin atrevernos a sentir cómo nos deslizamos por ellos sin vivirlos. El miedo a no ser comprendidas nos obliga a mentir a quien queremos y a quien no queremos El miedo nos mata en vida. Y a veces, nos trae la muerte de verdad... El miedo, finalmente, soy yo misma, que no me atrevo a mirarme a la cara y descubrir quién soy (como si no me conociera de toda la vida...)

No puedo decir cómo se vence al miedo, pero puedo contar lo que he visto en la película: tenemos miedo al dolor intenso, y por eso, nos negamos el placer de amar a rabo libre. Nos permitimos amar un poco, como si eso fuera posible,  como si no dolieran las medias tintas, y lo que hacemos en realidad es salir corriendo cuando reconocemos el patrón. Confundimos las ideas, y nos contamos que el amor nos hace vulnerables, cuando lo que realmente nos debilita es el miedo al amor. Nos convierte en seres mezquinos, niños grandes buscando refugio, cuando no podemos huir de nuestro miedo, que vendrá a esconderse con nosotros, asustado... Y cuando por fin, en un arranque de inspiración, osadía, adrenalina, dejamos atrás el miedo por un momento, y nos decidimos a tratar con amor y con respeto a las personas queridas, entonces, como por arte de magia, todo cambia de color, nos vemos con otros ojos, con una nueva mirada, y da igual cuál sea la respuesta - pero me atrevería a decir que no será peor que otras anteriores. Es irrelevante, porque lo que importa es que habremos empezado a querernos y respetarnos a nosotras mismas, por ser capaces de tomarle la delantera al miedo, y exponer nuestras vidas, dejando en bolas a nuestros sentimientos, haciendo que nuestra vulnerabilidad sea parte de lo que somos, sin más drama del necesario. Solo un "Te quiero" que, de momento, es para toda la vida. 

PD.- La película es muy divertida, pese a toda su intensidad, realmente entrañable. La recomiendo sin ninguna duda (aunque sobre el sexo a los 50 y tantos sí que albergo, todavía, muchas dudas).

martes, 7 de febrero de 2012

Real Love

Hoy he visto la película The accidental husband (para practicar mi inglés, por supuesto) y he pensado que hacía tiempo que no aportaba nada a nuestra recopilación de catástrofes, diarias ya no, pero frecuentes; esta peli no es de llorar a moco tendido (de hecho, es más bien hilarante algunos ratos), y me ha recordado a nuestras definiciones y discusiones sobre el amor verdadero y el de mentirijillas... Si tenéis ocasión de verla, tiene un curioso reparto, y toca los tópicos que hemos ido soltando por este blog entre unas y otras. Debería haberse llamado Real Love (Amor verdadero), o tal vez no. No es una gran película pero creo que permite reflexionar (y sentir, por supuesto) sobre algunas cosas.


sábado, 31 de diciembre de 2011

La oscuridad y la luz

Ayer visité una... no sé ni cómo llamarlo... ¿atracción? En fin, digamos que participé en una actividad, que se llamaba "Diálogos en la oscuridad", y que consistía en hacer un recorrido de unos 45 minutos en total oscuridad con un grupo de 8 a 10 personas, guiadas por una persona ciega. El recorrido está organizado de manera que te hagas una cierta idea de cómo es el mundo en el que viven las personas que han perdido la visión, cómo es el mundo cuando no lo puedes ver. 

Nunca, nunca en mi vida me he sentido tan indefensa, insegura, paralizada, tan encogida por el miedo a lo desconocido, a no saber. Y entonces he pensado en mí como mujer. Y he pensado que tenía que escribir aquí lo que he sentido y pensado. 

Durante los 45 minutos, he buscado todo el rato el contacto con una pared. La idea de pared me resultaba lo único sólido a lo que me podía aferrar. El bastón no me ha servido de mucho, solo para encontrar alteraciones, cambios en el trayecto; en esos momentos arrastraba mi mano por la pared hasta que, a alguna altura, encontraba lo que mi bastón había encontrado a la altura de los pies. Así que, mi constante referencia en la oscuridad, un muro... 

Mi otro punto de apoyo, la voz de la mujer ciega que nos guiaba. Escuchaba su voz, pero sobre todo, agradecía tanto encontrar su mano para cruzar una puerta o subir un escalón... De alguna manera, sentía que ella se daba cuenta de mi miedo, de que estaba perdida. Así que una mujer me tendía la mano para ayudarme a encontrar mi camino... en una oscuridad total.

Cuando por fin llegamos al lugar en el que, poco a poco, fue volviendo la luz, esta me hacía daño en los ojos, y se me saltaban las lágrimas pensando en lo terrible que es estar sola en la oscuridad de tu mundo si no encuentras una forma de iluminarlo. No estamos hechas para la oscuridad y la tristeza, sino para la luz y la alegría. A veces, por accidente, por una mala jugada de la fortuna, nos encontramos rodeadas de tinieblas, pero ahora sé que, si solas no encontramos una salida, o una forma de revivir la luz que se ha extinguido, siempre, oídme, siempre, habrá una mujer que nos tienda la mano.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

¿Réplica o mono-arquía?

Uf, es una pena. Me he prometido a mí misma que las catástrofes más gordas solo se las contaré al papel...  por lo que pueda pasar, pero sobre todo, porque los lectores de blogs no se merecen disgustos digitales. Las lectoras tampoco, claro que no. Sin embargo, catástrofes hay para dar y tomar, así que eligiendo las que no le duelen mucho a nadie, seguro que puedo compartir alguna...

Por ejemplo, para mí no hay mayor catástrofe que abrir la boca. Tanto es así que me he prometido a mí misma dejar de replicar... algún día, cuando sea mayor.

Replicar solo sirve para irritar la faringe y al oponente, y si acaso, acceder a un buen dolor de cabeza. La experiencia demuestra que entre dos personas, de las cuales una piensa que la comunicación o no es necesaria, o viene dada y no hay que esforzarse (generalmente, esta persona es del sexo masculino) y la otra necesita que comprendan el sentido completo de lo que dice, y comprender a su vez las palabras, gestos y movimientos imperceptibles de las cejas (generalmente, una mujer)... decía que, entre esas dos personas, cuantas menos réplicas, mejor.

La réplica (que es, incluso, el nombre de un derecho) implica un posicionamiento ante aquello a lo que se replica, que puede ser más o menos favorable (no del todo favorable, porque "Claro, cariño" no se considera una réplica, así, con carácter general; pero a esta regla, como a todas, hay excepciones).

Si el sentido de la réplica es absolutamente contrario, o si el tono es más airado que otras veces (sean estas consideraciones objetivas, o subjetivas según el receptor, que no siempre tiene clara esa diferencia), la réplica pasa a ser considerada "bronca" o también "regañina", lo que quiere decir que se le atribuye a la réplica una condición de "valoración moral"... algo así como un posicionamiento con condena... como cuando eras pequeño, para que me entendáis.

Llegado este punto, el primer y ferviente deseo de la replicante es poder explicarse, matizar, corregir o incluso (¡incluso!) retirar la réplica en cuestión pero, amigas... generalmente es un punto de no retorno, porque ya estás rodando por la cuesta abajo de las Discusiones Acaloradas Por Nada Que No Llevan A Ninguna Parte, o DAPNQNLANP en acrónimo inolvidable.

Y una vez allí, en Ninguna Parte, al final de la cuesta abajo, el único pensamiento que permanece con fuerza sobre los demás es: "¿Para qué coño digo nada?"; y un deseo: convertir, por fin, la Réplica independiente de tu casa en una mono-arquía ar-mónica.