miércoles, 18 de abril de 2012

Un 'buenos días' y una sonrisa



Desde hace ya algunos años me voy y me vuelvo del colegio andando. A no ser que llueva a cántaros o el día esté extremadamente ventoso, cosa que este curso ha ocurrido en raras ocasiones, coger el coche se me hace especialmente gravoso. A veces, coincido con alguna que otra compañera pero lo cierto es que prefiero hacer sola el camino pues disfruto de mi propio silencio, me permite observar y disfrutar de las zonas verdes (atravieso varias) y de los cambios que las estaciones van produciendo en las distintas plantas y de la imponente y cambiante figura de La Concha (el pico más alto de nuestra sierra: la Sierra Blanca).

Hace ya unos tres cursos, si no me equivoco, me cruzo con dos señoras mayores, una algo más joven que la otra, y según a qué altura del camino en la que me encuentro con ellas, sé si voy con más o menos tiempo. A base de cruzarnos diariamente, empezamos a darnos ‘los buenos días’ e intercambiar algunos comentarios de pasada. La más joven es más seria y me da unos ‘buenos días’ más formales pero la otra siempre acompaña el saludo con una sonrisa. Un día dejé de verlas. Pasaban los días, las semanas y comencé a extrañarme y a extrañarlas: ¿Qué les habrá pasado? ¿Habrán cambiado de itinerario? ¿De hora?... 

Divisarlas a los lejos, hace ya bastantes semanas, me produjo una alegría enorme pero, al irnos acercando, comprobé que la señora más joven era la misma pero había cambiado de compañera. No pude remediarlo: me asaltó la idea de que la otra señora podía haber fallecido y esto me supuso una cierta desazón y tristeza que me asaltaba cada vez que me cruzaba con ellas. ¿Por qué será que, a pesar de muchas variables que puedan influir en un acontecimiento, tenemos esa tendencia a ponernos en lo peor?

Un día salí con la determinación de preguntarle por la otra señora. Y así lo hice. Me contó que poco antes de Navidad se había caído de unas escaleras, se había roto la muñeca y tenía diferentes magulladuras en el cuerpo; que ya estaba mucho mejor y que pensaba que pronto podría volver a salir a andar. No fue una noticia agradable pero al fin y al cabo era, digamos, una catástrofe menor teniendo en cuenta los malos augurios que me habían asaltado.

 Hoy, por fin, ha vuelto a salir, se ha parado y me ha agradecido mi interés por su salud (su amiga se lo había contado) con una amplia sonrisa. Y me he sentido feliz.

42 comentarios:

  1. Afortunadamente esta catástrofe no lo ha sido tanto, solo un pequeño zarandeo de nuestras certezas diarias que siempre nos descoloca.
    Tenemos que aprender a integrar un buen porcentaje de imprevisión y caos en nuestra vida; con la que está cayendo, no nos queda más remedio ;-)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Más nos vale si no queremos acabar amargados.

      Eliminar
    2. Ya venía corriendo a contestar a Javier, que estaba el pobre "descontestado"; pero veo con alivio que a él también le has dado unas palabras jejejeje

      Eliminar
    3. Ja, ja, ja. Es lo que tiene, Nico, el exceso de confianza. De todas maneras había escrito algo tan sesudo y concentrado que no sabía yo por donde tirar ;-)

      Eliminar
  2. A mi me pasa algo parecido cuando voy en el metro todos los días al curro. Hay algunos/as que los veo siempre a la misma hora, aunque normalmente me suelo fijar mas en las "algunas" con pinta interesante :D

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es que en Londres, hijo mío, hay demasiada gente con pinta 'interesante', Aunque ya me imagino tu 'interesante' por donde va, jajajajaja. Me gusta especialmente lo multirracial y multicultural que es. Gracias por tu comentario. Un beso, guapetón.

      Eliminar
  3. Tu historia me ha recordado a Araceli, una anciana encantadora con la que coincidí día a día, durante algo más de un mes, en una sala de rehabilitación. Había sido arrollada por un autobús y recuperaba la movilidad de su brazo izquierdo.

    Charlábamos de nuestras cosas y, cuando me despedí de ella, lloraba agradecida por mi obsequio inesperado. Nunca me atreví a llamarla por teléfono, vivía sola y temía que ese día no respondiese. Sin embargo, durante unos años recibí su felicitación recordándome nuestra común festividad, hasta que la eché de menos. No me atreví a llamarle. Podía pensar que se había ido a vivir con sus hijos, pero no, no era esa la idea que me rondaba por la cabeza.

    Más duro fue viajar en el tren de cercanías tras el 11M. Observar esas miradas tristes que a veces rastreaban andenes y vagones en busca de desconocidos cotidianos con los que compartimos trayecto, pero no destino. Y la alegría, la sonrisa correspondida, al reconocer rostros hasta entonces inadvertidos.

    ¡Cuántos vínculos! Cuántos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Qué bonita historia esta que cuentas, Araceli. Muchas gracias por compartirla.

      Eliminar
    2. Comparto esas sensaciones vuestras. Cuanta gente nos cruzamos fugazmente. Compartimos con ellas unos segundos de nuestras vidas, a veces no más de lo que dura una mirada. Y desaparecen. Casi siempre sin dejar huella, ningún recuerdo, ninguna marca en nosotros. Sin embargo otras, en ese mismo instante de vida compartida, sin saber porqué -curiosa mezcla de química y miradas- nos dejan un ancla clavada en el pulmón de los sentimientos. Y tarda mucho en borrarse su recuerdo... Y hasta duele saber que nunca, nunca más compartirás ese segundo.

      Eliminar
    3. No lo podías haber explicado mejor, Benja. Qué poco nos paramos a reflexionar sobre esas experiencias fugaces, que como bien dices, dejan una profunda huella.

      Eliminar
  4. Esta historia tan real, sencilla y evidente son con las que nos enganchamos a la realidad.
    A mi me ha pasado con ancianas en la parada de autobús que te cuentan su vida, la de sus hijos, hijas y nietos y nietas. Y luego quieren invitarte a algo.
    Algunas veces pienso... ¿nos pasa a todos?
    Gracias.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es eso, Mateo. Son estas pequeñas historias cotidianas las que conforman nuestra realidad más cercana y que gestionamos como mejor podemos o sabemos. No por pequeñas son menos importantes. Y sí, yo creo que en mayor o menor medida nos pasa a todos, la diferencia puede estar en si le das importancia o no.

      Eliminar
  5. A mi me pasa con las abuelas y abuelos que van al cole. Hay veces que no da tiempo a echar de menos porque son los mismos niños los que te dicen: mi abuela esta mala o algo peor. Duele, unas veces más que otras pero hace que estés con los pies en su sitio. Poco a poco la edad hace que la imprevisión se reconvierta y pierda el prefijo. precioso post. Me ha encantado.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Está claro que somos muchos y muchas los que este tipo de historias nos dan que pensar y nos conmueven.

      Eliminar
  6. Hola
    Este es el primer año que voy andando al cole, he de confesar que espero que sean muchos más, coincido contigo en que me gusta ir sola, pues voy concentrada en mis pensamientos, mis ideas y proyectos. Es verdad que tenemos tendencia a ponernos en lo peor, me alegra saber que al final la catástrofe no fue catastrófica.

    Hay que ver lo poquito que cuesta sonreír, afortunadamente es gratis y lo poquito que lo hacemos.

    Saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sonreir, ahí está la clave. Es gratis pero la racaneamos. Gracias, Pilar.

      Eliminar
  7. A tus soledades vas, de tus soledades vienes...
    Me ha encantado esta entrada Mayti, sobre todo porque comparto contigo ese placer de imaginar la vida de otros. Yo siempre pensé que es por mi imaginación desbordante, por el escritor -más o menos frustrado- que llevo dentro, o porque me crié en ciudades al borde del mar, viendo llegar y partir barcos cargados de esperanzas, de sueños, de ilusiones, de despedidas y reencuentros, de risas y llantos, ... Pero mi compi Rosa (que tiene la misma afición) dice que es porque somos "mu cotillas".
    Sea cual sea la razón, el caso es que suele ocurrirme, especialmente cuando estoy en un puerto, una estación de trenes o autobuses,... que me quedo colgado de alguna escena: una parejita que se saluda, o que se separa. Un abuelo que camina solo con su maleta. Una madre con un niño en brazos. Un soldado que fuma tranquilo a la puerta de la cafetería... y me imagino toda una novela. Les pongo nombre, historia, ... Y pienso que será/n protagonista/s principal/es de mi novela (mil veces empezada y mil veces abandonada)
    En fin. Me alegra que te equivocaras, pero yo, a medida que leía tu post iba imaginando exactamente lo mismo. Cuando te vuelvas a cruzar con esa señora le das un beso de mi parte. Yo también la he incorporado ya a mi paisaje.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me reconozco en todo esto que cuentas. ¡Cuántas veces me he encontrando imaginando la vida de otros! No sé realmente a que se debe pero creo que es cóctel de muchas cosas: ser imaginativo, ensoñador, cotilla, observador, ... También es una manera de evadirte de tu realidad.

      Eliminar
  8. Ilusión de control lo llaman los psicólogos. Las personas tenemos ilusión de control pero lo que podemos controlar es bien poco.
    Es una delicia leer estos relatos de lo pequeño, a mi me conmueve porque enriquece mi mundo imaginario. Poner la lupa en lo sensible de lo cotidiano es un buen remedio para otros males.
    Un abrazo

    Sara

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tarea pendiente: buscar información sobre esa 'ilusión de control' de la que hablas:-) Muchas gracias, Sara, por tu comentario.

      Eliminar
  9. Precioso. A mí, y como soy un poco descarado, me encanta, los días que me encanta, hay otros, sonreir abiertamente a desconocidos-as por la calle, sobre todo a las ocho y media de la mañana, por ejemplo. Hay gente que reacciona como ante un loco, y muy pocas, poquísimas, te devuelven la sonrisa. ¡¡Pero los las hay!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Fernando, por dedicar un rato a leer esta entrada y por tu comentario.

      Eliminar
  10. ¡Cuántos y qué emotivos comentarios tiene tu entrada! También a mi me ha gustado mucho.
    Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es verdad, Piluca, se podría hacer un post precioso con estos comentarios tan magníficos. Gracias.

      Eliminar
    2. Cuando tenga más confianza, Piluca, las paro y les pido una receta para 'Entre teclas y fogones' Jajaja.

      Eliminar
  11. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  12. Precioso y entrañable relato, Mayti! Creo que todos nos hemos identificado con la situación que cuentas, y muchos tenemos "conocidos" de hola y adiós o de sonrisa mañanera que te alegran el trayecto...
    Perdona que comente un poco tarde, tengo la casa llena de gente, ya verás mañana....
    Besitos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Mañana es tu día grande, Pepa. Disfruta de los previos. Hasta mañana.

      Eliminar
  13. Bonita historia, Mayti.

    Yo hace mucho que no tengo una rutina, pero unos meses atrás, cuando trabajaba, también iba y volvía andando. Ese es un espacio, o un tiempo, que te ayuda a reconciliarte con el día, así que he procurado siempre ir sola. Muchas mañanas he tuiteado fotos del camino, o ideas que se me ocurrían mientras caminaba. Pero no me cruzaba con nadie. A la vuelta, sí que encontraba más gente: señoras paseantes, estudiantes, señores que iban o venían del trabajo... y reconozco que me preguntaba por sus historias ¡Siempre queriendo saber más! Creo que yo también soy un poco cotilla, como dice Benjamín, y además, me gusta que todo tenga una historia detrás. Así que, si no la conozco, la invento :) Y como vivo (habitualmente) en un pueblo relativamente pequeño, siempre hay algún dato (real, o imaginado) sobre el que empezar a inventar...

    Me parece muy interesante lo de la ilusión del control que apunta @floyflo...

    Ah! Y, Fernando, esa es una cosa de las más sorprendentes y placenteras de este país de guiris: si te cruzas por la calle, a pie o en coche, de las zonas "suburbanas", siempre te miran y te saludan; y si en un lugar público, como un KFC, un Walmart, o el Metro, la reacción normal no es hacer como que no estabas mirando, sino sonreír abiertamente a la otra persona. Por supuesto, las conversaciones casuales, especialmente si hay bebés o infantes por medio, son muy comunes. Creo que te sentirías muy bien.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. 'Ese es un espacio, o un tiempo, que te ayuda a reconciliarte con el día', ¡qué expresión más bonita y certera! Reconciliarse... para dar coherencia a los acontecimientos que te pueda deparar el día, restablecerse después de esa imprevisión y o de ese caos de los que hablaba Javier y poder alcanzar esa paz interior que tanto deseamos.

      Gracias, Nico.

      Eliminar
  14. Imaginar la vida de los demás, además que de empatía, es un excelente ejercicio de creatividad. Eso me recuerda el caso de Novecento, el entrañable pianista en el océano del homónimo monólogo teatral de Alessandro Baricco llevado a la gran pantalla por el oscarizado Giuseppe Tornatore.
    Su gran fantasía le permitía conocer el mundo observando los pasajeros del barco en el cual nació y que nunca quiso abandonar -¡qué maravillosa metáfora!- tal como nos demuestra en esta escena.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Empatía y creatividad, dos aspectos, Massimo, fundamentales en ese cóctel del que hablaba antes.

      Magnífico ejemplo este que nos regalas del protagonista de la película "La leyenda del pianista en el océano". No he visto la película pero me la anoto para verla lo antes posible. Gracias por tu comentario.

      Eliminar
  15. Qué bonito es cuando nos implicamos con los demás con una sonrisa, desde la calle, sin conocimiento previo. Cuando somos más humanos que nunca. Me ha encantado la historia, conmovedora hasta la médula. Me alegra que esté bien!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Isabel. Me alegro de que te haya gustado y enternecido. Me quedo con la frase "Cuando somos más humanos que nunca": preciosa.

      Eliminar
  16. Con que ternura y delicadeza has plasmado la situación. Me ha gustado mucho el relato, me lo he imaginado como si fuera un corto. ¡¡Tiene posibilidades!! Seguro que si se lo dices al Benji te organiza uno en un plis-plas.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tú verás, nuestro Benji no se arredra con nada ;-) Gracias, me alegro de que haya gustado.

      Eliminar
  17. Una historia entrañable, @Mayti, la leí el primer día, pero por falta de tiempo no te respondí, de lo cual me alegro, pues ahora he tenido la oportunidad de volver y disfrutar, además, de los comentarios tan oportunos e inteligentes que han realizado tus grandes admirador@s.
    Gracias por compartir tu sensibilidad. Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, es un gustazo cuando los comentarios enriquecen y completan un post. Yo estoy encantada con tantas y tan buenas aportaciones. Muchas gracias por la tuya.

      Eliminar
  18. Las ciudades han perdido parte del encanto que aun conservan los pueblos pequeños y es el de considerar las calles como prolongación de cada uno de los hogares.
    Es entrañable ver como aún en los pueblos la gente saluda a quienes se cruzan en la calle aunque no se conozcan.
    Una sonrisa, un buenos días, es algo que te acerca a las personas, pero irónicamente, en los lugares más poblados se pierden esas costumbres y a pesar de estar inmensamente acompañada, la gente se siente más sola.

    ResponderEliminar
  19. Lo triste, Carmenca, es que cada vez se va generalizando más ir por la vida sin percibir a los demás. Hay una frase de la película 'El final del romance' que me gusta muchísimo: 'Ser implica ser percibido'.
    Gracias por tu comentario.

    ResponderEliminar
  20. Sobre lo de ponernos en lo peor... ¡lo que nos han enseñado!
    Sobre lo de ponernos en lo peor... ¡la manía de no preguntar!
    También nos enseñaron a no preguntar mucho, que es de mala educación.
    A no meterse en la vida de los demás (de frente, claro).
    Yo siempre que quiero pregunto. Siempre se me puede decir: ¿y a ti qué te importa? ;))
    Queda la opción "no preguntes por saber, que el tiempo te lo dirá...", pero no, que la loca de la casa empieza a trabajar por su cuenta y te estropea el día poniéndose en lo peor.
    Qué envidia de tu caminata mañanera, niña. Yo como tengo que coger el metro... el metro literal que me separa del colegio ;DD
    ¡¡Guapa!!

    ResponderEliminar

Sin tus comentarios no somos nada (o sí)